Mostrando las entradas con la etiqueta le prosa errante. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta le prosa errante. Mostrar todas las entradas

01 marzo 2008

La apuesta

Verano de fines de los ochenta. Estamos con el Chino y el Pelo en casa de nuestro oriental amigo, recontra aburridos y sin nada que hacer. Aún estamos pimpollos como para ir a un bar a tomar unos tragos, así que nos conformamos con tomarnos, caleta, una chela en la sala del chino mirando al parque. Afuera pasea en bicicleta su vecina Johana, una rubiecita de ojos verdes que llama mucho nuestra atención. Cansada de dar vueltas por el barrio sin encontrar a nadie, vuelve a entrar a su casa. Le preguntamos al chino por ella, Toshio estalla en una carcajada fantasmagórica -si, esa risotada que hace temblar las estructuras de cualquier edificación- y ofrece darnos su número.
-¡Ya, cual es su fono, al toque! -le digo.
Entonces el Pelazo, cuando no, lanza un comentario venenoso:
-Para que quieres su fono si no la vas a llamar -¡auch!, eso me dolió.
-Guarda ahí, gusano -me pongo saltón-, te apuesto tres chelas a que la llamo.
-Si, cuñao... te doy media caja si la llamas.
-¡Sale! -ni monse para quedarme.
-Pero tienes que hablar con ella diez minutos, ¡mínimo!-añade poniendo cara de muy pendejo.
Lo pienso un rato... es media caja... ¡qué chu!...
-¡Ok! -acepto.
Tomo asiento al pie de la escalera, junto al teléfono. El chino vuela a buscar su agenda, regresa con el número en la mano y, todo desconfiado, disca él mismo el fono de la flaquita. En el segundo piso aguarda el Pelazo con la oreja pegada al otro anexo para monitorear la conversa.
El chino espera a que el teléfono de Johana timbre, me da el auricular y sube corriendo la escalera para sentarse, cachete con cachete, junto al Pelazo a escuchar todo lo que tenga que decir. Se cagan de la risa, les digo que se callen carajo que los van a oir. Alguien levanta el teléfono en la casa del costado, nos quedamos mudos.
-Aló -contesta una chica.
-Aló, ¿Johana? -pregunto tímidamente.
-¿Si?, ¿quien habla?
-Hola, Johana, te habla Bruno - ¡Chess! no se me ocurrió otro nombre, cruzo los dedos y espero que me confunda con algún conocido.
-¿Bruno? -pregunta extrañada.
-Si, Bruno... ¿no te acuerdas de mi? -replico con voz casi suplicante, media caja está en juego.
-Mmm... -odio oir esa horrenda consonante... debí haber escogido otro nombre... por un instante pienso que no voy a llegar ni a treinta segundos-. ¿Bruno? -agrega tras una pausa-, ¿el amigo de Carla?.
-¡Si!, ¡Bruno!, ¡el amigo de Carla! -repito cual loro.
-¿el primo de Raúl? -me sigue dando cuerda.
-¡Si!, ¡Bruno!, ¡el amigo de Carla!, ¡el primo de Raúl!, ¡cómo estás! -le respondo de lo más fresco.
-Ehh... ¡bien!... ¡bien!... -responde contenta-. ¿Y cómo tienes mi número? -cambia a intrigada.
Buena pregunta -pienso.
-Ehh... me lo conseguí por ahí. No te molesta, ¿no?
-¡No!, ¡no!.... es... es sólo que me extraña...
-¿Si?, ¿qué te extraña? -le pregunto.
-Pues... -baja el volumen y cambia de tono- ¿porqué me llamas a mi? -no sé qué decirle-. ¿No deberías estar llamando... no sé... a Carla? -pone énfasis en Car-la.
¡Caigo!, No sé quien será este Brunito, pero tiene algo con Carla y el muy pendejo está llamando ahora a la amiga... ni modo, pido disculpas al viento por los efectos adversos que esta conversación pueda traer y me dispongo a honrar una apuesta. Oigo las risas del chino y el pelo bajando las escaleras, par de aguantados... quieren ver el teatro.
-Pero... -respondo en tono calculador- Carla no tiene porque enterarse que te estoy llamando.
-No sé... -me responde alargando una "e" kilométrica. Parece pensarlo.
-¿Y tú crees que a Carla le moleste que te llame?, no lo creo... no pasa nada, flaca. Somos amigos, ¿no? -agrego con un cinismo impresionante, poniendo el parche antes que la cosa reviente.
-Bueno, si -responde alargando las palabras- pero... Carla es mi amiga...
-Y también es mi amiga -le digo.
-¿Si? -me responde con ese tonito de no-te-creo-ni-tu-nombre.
-Si -le digo.
-Pero... ¿acaso tú y Carla... no son más que amigos? -me desarma.
La cosa empieza a ponerse picante.
-¿Te parece?, no... somos amigos nomás... -respondo en tono abierto, tratando de minimizar la relación que pudiera existir entre Carla y mi supuesto yo.
-¿Si? -me responde con el mismo tonito-, digo... -continua- por lo que vi en la fiesta me pareció que ustedes eran más que amigos.
-Ah, la fiesta -digo.
-Si, la fiesta de Reynaldo, pues... tú estabas con Carla... ¿no te acuerdas?...
Qué interesante, me conoce de una fiesta -pienso. Continúo atando cabos.
-Bueno, si... pero normal, ¿no?, ¿acaso no puedo llamar a una amiga?-insisto.
-Si... normal, pero digo... yo soy amiga de Carla... -otra vez los tonos largos.
Ni conozco a Carla y ya empieza a caerme chinche. O sea que no puedo llamar a Johana porqué estoy con Carla, ¡que tal raza!, me dispongo a poner las cosas en su lugar.
-Pero Carla no va pensar nada -le digo-. Somos amigos y no hago nada malo llamándote, ¿no?
-Bueno... no... -responde algo incomoda-, pero igual, digo, me parece -putamadre, me cansan sus iteraciones.
Presiento que no voy a llegar lejos por ese camino, Johana no quiere chocar con su amiga Carla y si no me cuelga es porque me quiere pulsear... quiere conocer la clase de gusano con que está su amiga y hasta donde me atrevo a llegar... pero tampoco debo precipitarme... son diez minutos...
-Entonces, normal pues, no te paltees -bajo el tono.
-Bueno... -me sigue.
-¿Y tú, qué tal?, ¿cómo has estado? -el reloj sigue corriendo, el Pelazo suda frío, ¡ha apostado media caja!
-Ahí, bien...
No me dice nada más, como que no quiere hablar conmigo, aunque tampoco me quiere cortar. El chino me hace señas, te faltan cinco minutos, si, cinco más... no quiero regresar a lo de Carla y no sé de qué más le puedo conversar... a no ser que... me lanzo:
-Tú vivías por Cabo Gutarra, ¿no? -le pregunto.
-Ehhh, si... ¿cómo sabes? -se pone saltona.
Upss, ¿se supone que no debía saber eso? -pienso.
-Ehhh, Carla me contó -le digo.
-¿Sí?, ¿y qué más te ha contado Carla? -se me achora.
-No, nada, sólo eso...
-¿Y cómo así? -puedo leer entre lineas un
"acaso han estado hablando de mi".
-Lo que pasa es que el otro día estuve jugando fulbito por allí -le digo, medio barajándola.
-¡Has estado jugando fulbito por aquí! -auch, esa subida de volumen me dolió-, pero ¿tú no vives por la casa de Carla? -añade.
Upss, Carla otra vez, me terminó de caer chinche esa flaca.
-Si... pero a veces bajo a jugar fulbito por ahí con unos amigos -improviso, creo que casi laca.
-Mmm... ¿estás seguro que eres Bruno? -pregunta tonta, lo sé, pero juro que me la hizo.
-¡Si!, ¡Bruno!, ¡el amigo de Carla!, ¡el primo de Raúl!... ¡el de la fiesta, pues!
-Mmm... -otra vez esa horrorosa consonante, luego silencio, luego Johana vuelve a su cauce.
Debo manejar con pinzas la información que se supone no debería de tener. La rueda sigue avanzando.
-Tu tienes un hermano, ¿no?.
-Si, tengo dos, ¿porqué?.
-Ah... pues, creo que esa vez estuve jugando con el menor.
-¿Si?... ¿y cómo sabes? -se muestra cautelosa.
-Pues, se parecen... tenía tus ojos... se llamaba Beto, y Carla me dijo que tenías un hermanito como de su edad.
-¿Así?... bueno, sí... puede ser... pero él sólo juega en el parque frente a mi casa... ¿tú has estado jugando en el parque frente a mi casa? -pregunta incrédula.
-¿Vives frente al parque?, ¡no sabía! -¡cayó! sigo dándole vueltas al pollo.
-Sí -responde con auténtica sorpresa.
-¿Ese donde hay una virgencita?
-¡Sí! -suena aún más sorprendida. Este Brunito debe haberle resultado una auténtica caja de sorpresas... o una pulga en el trasero, una de dos.
-Bueno, entonces sí, he jugado allí. ¡Qué gracioso!. Quizás conoces a unos patas que hice por allá, uno se llamaba Daniel, vive frente al parque con su abuela.
-Ah, Daniel, si lo conozco más o menos.
Silencio otra vez, creo que debió haber pasado un batallón completo de ángeles junto a Johana... de esos que gustan robarle la voz a las chicas bonitas.
-Sabes, la otra vez fui a una reunión por allí -digo para romper el hielo- y estuvimos tomando unos traguitos -empiezo a complicar la trama- y más tarde aterrizó una mancha que no conocía, con tu hermanito.
-¿Si? -me sigue atenta.
-Si... oye, tu hermanito es medio... es medio...
-¡Es medio qué! -no me deja completar la oración, suena angustiada, creo que me entendió que medio maricón... me da un ataque de risa, me apuro en tranquilizarla.
-Digo... tu hermano y su manchita son medios juergueritos -sigo riendo.
-Ahh -espira aliviada... luego le sale de nueva la hermana mayor- ¿Y Beto estuvo tomando? -me pregunta- porque él sabe que no puede tomar- controladora, la flaquita.
-No, no, le dimos un vasito de ron con maracuyá nomás, tranquilo.
-¿Y qué hacía mi hermano con los grandes?
-No sé, creo que venían de jugar y pasaron por allí a saludar al del cumpleaños. Pero al rato vino tu hermano mayor, creo, y se lo llevó.
-Ah, ya. -tranquilita.
El chino me hace una T con las manos, tiempo cumplido, que ya cuelgue, que el teléfono está caro. Chino tacaño, como si tú pagaras el fono.
Me despido de Johana: te llamo otro día, OK, cuídate, tú también, chau, bye.
Cuelgo el teléfono y levanto los brazos: ¡Quiero mi media caja!
El Pelo se hace el loco, se caga de la risa y pretende olvidar la apuesta, cuando no... ¡Pelazo!. El chino propone un desempate. El Pelo debe hablar el mismo tiempo con otra flaquita. Toshio busca nombres en su agenda, se caga de la risa, el Pelo arruga la nariz, un atisbo de su incipiente misoginia... pero esa es otra historia.
Semanas después el chino me presentó a Johana.
-Hola, soy Bruno -le digo sonriendo.
-Hola, Johana -se presenta, achica los ojos, me queda mirando.
No recuerdo de que hablamos esa tarde, pero si tengo grabada la mirada de Johana... más que escucharme, parecía estar contrastando mi voz con la de aquel extraño que la sorprendió semanas atrás por teléfono, sobretodo mi risa.
Yo, fresco, inmutable, conversaba y bromeaba con el chino y los amigos de su barrio que iban saliendo de sus casas conforme se guardaba el sol. Formamos un círculo que ocupaba la vereda y parte de la pista como luciérnagas bajo la luz del poste. Johana era el foco de mi atención, escuchaba y reía, miraba y no miraba, parecía adivinar quien era yo, pero no decía nada. Después de todo, no eras una rubia tonta... pensaba.

26 febrero 2008

Tu sonrisa en cuarto creciente

Cuando nací, el mundo ya había sido creado, así que les ahorraré tiempo y les diré que no todos los males que lo pueblan provienen de mi. Bueno, sólo digo que no todos. Dicen mis padres que al nacer casi no la cuento, que de no haber sido por la cesárea hubiera terminado siendo ahorcado por mi propia madre... ok, por mi cordón umbilical -me corrigen-, que al fin y al cabo es para mí como una prolongación de sus extremidades y afectos infinitos. Creo que eso explicaría en parte porqué no me gustan ni las bufandas, ni el mantener un vínculo demasiado estrecho con ella: ambas pueden resultar asfixiantes. Y sí, es verdad; si examinan mi pasado amoroso verán que tengo una marcada tendencia a enamorarme de las primas de mis amigas, aunque existan notables disonancias que hayan contribuido a desmitificar esa regla. Y no, no suelo hablar en rima, ni le temo a los lugares plagados de gente, ni a las paredes que pueden escuchar las cosas que no siempre llego a decir. Es sólo que la vida en ocasiones te golpea, las cosas se complican, el tiempo no se sucede, y entonces los labios no ceden, no porque no quieran sino porque no deben y se rehusan a pronunciar las palabras que quisieras proferir. Y cuando eso se da, te sucede como al escritor que se enfrenta al terror de la página en blanco: o el silencio te mata o tú llenas ese vacío... en ocasiones, con palabras que no siempre quieres decir y que las sueltas como vienen: sin lavar, ni vestir… como las hallaste en el camino, sin preguntarte de donde venían, ni adonde querían ir. Y sigues ese sendero esperando que éstas te lleven donde quieres estar, y aguzas el oido al escuchar, el murmullo del riachuelo que emana del mismo corazón del bosque, que guarda a la niña cuyos ojos atraparon un retazo de sol en su mirada... y sin querer pierdes el rumbo, y buscas el camino de regreso intentando, tontamente, una melodía que encierre en parte las palabras que quisieras escuchar (antes de que el silencio lo engulla todo)… tu sonrisa en cuarto creciente.

19 enero 2008

La estampita

Subió al taxi, se puso el cinturón de seguridad y le indicó la ruta más corta al conductor. Iba tarde para la oficina, pero tenía la esperanza de que el taxista obrara un milagro y lo dejase a tiempo para su reunión. Dió un vistazo alrededor y se topó con la mirada rígida de un San Martín de Porres atrapado en una estampita, dentro de una botita sobre el tablero del conductor. El rostro de San Martincito llamó mucho su atención, por un instante juraría que éste lo había estado mirando, pero ahora que lo observaba con detenimiento, veía que el santito tenía la vista fija en el techo raído del auto, la aureola triste y un gesto como de resignación. Las imágenes de los santos siempre le habían parecido tristes, pero por alguna razón esta imagen parecía contagiarlo de cierta desilusión y desencanto. Después de todo, ser una estampita no debía de ser muy divertido.

Trató de pensar en otras cosas para levantar el ánimo, como en la alegre botita que guardaba al santo de los peligros del mundo exterior. De seguro era la bota del hijo del conductor y su esposa debió ponerla ahi para que San Martincito le tenga a padre e hijo presentes y los cuide de los peligros que acechan las calles, sobretodo a su esposo que vive más expuesto a robos y atracos que el resto de choferes de la ciudad. ¡Plum, plum! -otro hueco-. El taxi avanzaba rápidamente, consultó su reloj y tomó el hecho con optimismo, tenía una oportunidad entre cinco de llegar a tiempo a su oficina y a ese ritmo podía lograrlo. El optimismo no le duró demasiado: dos luces rojas, un peatón casi arrollado y cinco mentadas de madre llegadas de afuera lo hicieron cambiar de opinión. Recogido en su asiento, miró al chofer de reojo con la intención de pedirle que disminuyera la velocidad, pero no tuvo valor para ello. Entonces pensó en la estampita, volvió la mirada a San Martincito y pensó que quizás este no estaba allí para proteger al maldito que andaba al volante, sino a pasajeros como él, que tuvieron la desdicha de abordar ese taxi. Se volvió a ver al taxista y éste ni caso, seguía con la vista enfrente esquivando autos, luces y peatones; entonces, cuando pensaba que nada podía ser peor sintió la turbulencia, fue como si el chofer le apuntará a todos los huecos, ojos de gato y rompemuelles que habitan las pistas de Lima al unísono.

Volvió a mirar la estampita con preocupación, vió el rostro de San Martín y se sintió identificado con su expresión, pensó entonces que de seguro San Martín no estaba allí para cuidar al piloto, ni siquiera para cuidar a los pasajeros, sino que se hallaba retenido contra su voluntad en ese estúpido zapato y con la vista clavada en el techo, rezaba al todo poderoso por conservar su integridad; después de todo, las estampitas son más frágiles que los humanos y, probablemente, más sensibles si consideramos que están recluidas en un universo de dos dimensiones, suelen vivir al borde de la asfixia o en las tinieblas cuando las usan como marcadores de lectura, o en un estado de vértigo y estrés permanente cuando son colocadas como guardianes de piedra en pequeños botines sudorosos y de higiene dudosa.

Pasó por un hospital y leyó a la volada un letrero que decía: no usar la bocina. Era predecible, fue como si una vaca voladora pasara por sobre su cabeza y dejara caer una plasta enorme sobre el claxon... el taxista no pudo resistirse, se pegó al caramelo y se despacho a sus anchas... el escándalo fue tal que ninguno de los dos oyó las advertencias ni advirtió la señal de Alto, nadie vió al camión virar sobre su izquierda... todo fue muy rápido...

Cuando despertó, lo primero que vió fue la cara del taxista, miró al cielo y se topó con la mirada de San Martincito. Aún atontado por el golpe, trato de incorporarse... sentía que estaba de pie, pero no lograba despegar sus manos del suelo. Miró a su alrededor, un gato y un ratón lo cercaban. El ratoncillo lo miraba con ojos asustados mientras que el gato parecía de piedra. Bajó la mirada y descubrió con pavor que se hallaba en cuatro patas, inclinó su cabeza sobre el plato que tenían a sus pies, no vió el rostro de un perro reflejado en éste, sino el suyo propio sobre el agua. A su costado, el rostro del niño que lo acompañaba. Volvió a ver al conductor quien ahora sonreía, la puerta del auto se cerró y una pasajera se sentó a su costado. El auto se remeció mientras ella se acomodaba en el asiento, no llegó a ver el rostro de la mujer, pero supo que pronto la tendría a su lado.

04 enero 2008

La chica de al lado

Nunca llegué a conocer su nombre, sólo supe de su peso, de sus gustos y sus arrebatos. Solía toparme con ella en la esquina de la oficina. Cada vez que tenía un antojo, salía a la esquina y allí estaba ella; siempre. Pronto me enteré que su debilidad eran los Tortees, que le aterraba llegar a pesar 60 kilos y que discutía con su enamorado porque no la recogía después de clases.

En ocasiones, al verme, ella parecia preguntarse si, a lo Jason Bourne, yo la espiaba desde algún edificio próximo con acceso a su ventana sólo para coincidir con ella en sus recesos; pero no, lo nuestro era natural, lo juro, como si el destino -si es que existe algo parecido- intentase ligar nuestros caminos.

Con frecuencia me preguntaba cual sería su nombre, hasta que un día le solté la pregunta y me respondió con una gran sonrisa que Erika.

-Erika, lindo nombre, aunque no sé porqué te veo cara de Alejandra. Quizás sea ese tu verdadero nombre y tu no lo recuerdes. Quizás sea que tus padres quisieron llamarte así y a la hora que el párroco les preguntó cómo se llamaría la niña sus bocas los traicionaron y no pronunciaron tu nombre sino el que otras bocas creyeron conveniente (sabrás que las bocas tienen un sindicato poderoso); o quizás fueron los oídos del curita quienes se rehusaron a escucharlo y lo cambiaron por otro para confundir tu identidad, sólo dios sabe con qué propósito o inescrutables intenciones. Pero dado que la verdad me ha sido revelada y ninguno de los anteriores artificios ha logrado ocultarme tu filiación, te llamaré, pues, Alejandra.

No exagero cuando digo que el rostro de Erika se congeló. Puso cara de sorpresa y así se quedó por un rato, como si hubiera dicho algo malo mas que extraño... no sabía que pensar. Finalmente, parpadeó y con media sonrisa me preguntó cómo era que sabía eso, que en efecto ese iba a ser su nombre, pero que sus padres decidieron cambiárselo casi a último momento cuando se enteraron que ya había una Alejandra en la familia.

El destino, una vez más, me hacía muecas desde la otra esquina. Desde esa fecha y hasta la última vez que la ví la llamé de diversas formas... y tantos fueron sus nombres... que no estoy seguro si en realidad se llamaba Erika, o si iba a llamarse Alejandra, o si sólo me dio cuerda y nunca se retractó.

07 diciembre 2007

Lucilla

Hay momentos en que el mundo nos revela una manera distinta de ver las cosas, instantes únicos en que la realidad se nos muestra desnuda, libre de paradigmas y prejuicios, de rutina y cotidianidad.

Sentada en su pupitre al frente del salón, Lucilla cuenta en silencio los minutos que restan para el inicio de su clase. Juega con su cabello repitiendo un ritual que aprendió de niña, lo toma entre sus dedos, lo levanta hasta la altura de sus ojos y lo deja caer en cascada mientras recita un verso incomprensible; como le enseñó su abuela para diluir el tiempo y acortar las esperas.

Un ruido la retrae de sus pensamientos, Lucilla clava la mirada en el extremo opuesto del salón en busca de su origen. Sigue enfrascada en recuerdos de su infancia y, sin notarlo, se halla de pronto buscando formas familiares entre las manchas de pintura húmeda que dibujan las paredes del aula: el muro le sonríe, y ella, agradecida, le devuelve unos dientes níveos envueltos en una sonrisa perfecta. El recuerdo de esos días la llena de alegria, se siente relajada y animada, con ganas de disfrutar del momento, de lo simple, de lo obvio, del tipo de cosas que estando ahí, en nuestras narices, no siempre logramos percibir ni comprender.

Suena el timbre, termina el descanso y los alumnos regresan al aula. Lucilla retoma la clase, nadie parece notar su buen humor. Habla y sus palabras rezuman el halo de los alhelíes que crecen salvajes en el mediterráneo, su aroma inunda la sala y a todos los que estamos en ella. Lucilla circula una hoja de asistencia, veo su firma y se me antoja un garabato complicadísimo; si éste revela su personalidad, entonces es Lucilla una función exponencial compleja atrapada en una ecuación de orden superior indescifrable.

Lucilla sonríe, borra la pizarra y dibuja personitas sobre ésta: un pequeño círculo por cabeza seguido de cinco palitos -
zoc, zoc, zoc, listo!-. Sus movimientos reflejan gracia y armonía: antebrazo sobre el pizarrón, labios entreabiertos y una lengua juguetona que descuella en punta a través de su coqueta mordida, como guiando cada pincelada. Lucilla intenta aterrizar sus teorías sustantivas en esquemas y gráficos retóricos. El aire acondicionado se enciende, Lucilla sigue moviendo los labios mas no alcanzo a oir nada de lo que dice, el murmullo del ventilador apaga su voz. Sigue pintando ángeles en la pizarra y yo me apuro a imitarla en mi cuaderno.

No sé de que rayos está hablando, pero tampoco me importa demasiado. Me interesa aprender más de su sonrisa, de su mirada y de sus gestos. Alguien bosteza, levanto la vista, Lucilla sigue hablando sola. Todos parecen escucharla aunque nadie logra oirla en realidad. El aire frío empieza a disipar el aroma de alhelíes que hasta hace unos instantes cubría la habitación.

La contemplo con detenimiento, el frío reduce sus fuerzas restándole espontaneidad a su discurso. Trastabilla. Un ser diminuto nota su vacilación y la interrumpe con sarcasmo -lo odio al instante-. Ella sonríe y con algún esfuerzo vuelve a tomar las riendas de la clase. Me apuro en apagar el aire acondicionado que pareciera destilar kriptonita para Lucilla. Todos volvemos a oirla, gana confianza y un olor a jazmines intenta alojarse en la estancia.

Lucilla luce de nuevo espontánea e inteligente, vuelve a ser ella misma y su discurso se torna más ameno. Hace bromas y todos reímos. Ella también rie y sin notarlo empieza a jugar con su zapato. Lleva puestos unos tacones altísimos que no había notado antes, como si éstos hubieran crecido desde las baldosas. No está acostumbrada a calzar zapatos tan altos, se le nota, pero sabe que éstos le sientan bien a su trabajo. Da un traspie y con una habilidad felina recupera el equilibrio adoptando una posición de
encantada que revela su abdomen un instante.

Reconozco el lunar que adorna sus caderas, aquel que la acompaña desde la primera vez que la pinté en una tarde de octubre... miro al vacío tratando de recordar ese momento... La profesora me llama la atención, dice que atienda su clase y deje de pensar en las musarañas; todos ríen.
OK, le digo, fingiendo interés por sus palabras como si su clase me importara. La verdad es que me importa un comino. Vuelvo a lo mío, continuo dibujando formas caprichosas sobre su cuerpo y el cielo de la tarde gris. Lucilla sonríe, yo la sigo.

07 abril 2007

La chilenita

Otra vez llego tarde al restaurante, todos los sitios están ocupados; ni modo, tendré que esperar pacientemente a que se desocupe una mesa para almorzar. Cinco minutos de pie a la entrada y me convierto literalmente en un sandwich ejecutivo, sólo que en lugar de rebanadas de pan, me veo atrapado entre el sol que ataladra mi cabeza y el bochorno del mediodia que empieza a trepar por mis zapatos, envolviéndome cual jamón a enrrollado. Maldición, ninguna mesa parece acabar.

Un par de chicas y un muchacho llegan y se paran a mi lado, buscan un sitio, como yo. Me espera una tarde pesada y lo único que quiero es almorzar de inmediato para regresar a la oficina cuanto antes.

Una pareja se levanta, los veo salir y espero a que la tía que atiende el local limpie la mesa para poderme sentar. Me confío, las chicas del costado aprovechan mi descuido, se hacen las tercias y se sientan a la prepo en el que sería mi lugar... aquel que estuve esperando por más de diez minutos bajo el ignívomo sol que azota miraflores cada verano a la una cruzando la pista; casi como canta el vals. No estoy de ánimos para discutir con ese par de brujas, sostengo un instante la mirada de la tía que ha sido testigo de la maniobra y espero solucione, como debe, aquella transgresión: que se acerque a la mesa donde se han sentado ese par de pendejas con su amigo y los mande a volar. Puedo ver a la tía haciendo un rápido cálculo mental: tres pagan más que uno, problema resuelto... la casa gana. La tía finge buscar algo en sus bolsillos, baja la mirada, da mediavuelta y desaparece en la cocina. Debí verlo venir... vieja de mierda, conchesumadre, siete años almorzando en este lugar y así me paga; ya fuiste -pienso.

Tomo mi celular y veo la hora, llevo quince minutos bajo el sol, me siento perturbado, la corbata me asfixia y lo único que deseo es salir corriendo de ahí: ahora sí se van todos al carajo.

Decido llevarme mis flujos futuros a otro lugar, a cualquier otro lugar, y me hago la promesa de no volver a pisar ese nido de sonrisas hipócritas nunca jamás... aunque en ningún otro sitio de por ahí cocinen tan bien; putamadre, me odio por esa promesa.

Recuerdo que en un principio empecé a ir donde la tía no tanto por su comida como por las chicas que atendían el lugar, dos flaquitas hijas de la dueña que estaban fuertes y contagiaban su alegría entre los comensales. Recuerdo esos veranos con nostalgia, todos los caseritos llegábamos puntuales y si nos atendía Carolita, pues teníamos dos buenos motivos para sonreir: el izquierdo y el derecho. Y si nos atendía Teresa, el clima era el mismo pero más fresa. En fin, como los perros de Pavlov, fuimos condicionados a reaccionar, fundamentalmente, a esos dos grandes estímulos. Fue así que después de un adiestramiento de dos años pasamos de babear por las hermanas Goyzueta a babear por la comida; y cuando las hermanas dejaron de ayudar a mamá en el negocio, pues nadie podía ya distinguir si continuábamos almorzando allí por la comida o por el fantasma de las hermanas que aún rondaba el comedor.

Regreso a mi incomoda situación. Abandono el lugar y bajo dos cuadras por Petit Thouars rumbo a Aramburú en busca de nuevos sabores y fantasmas. No veo nada bueno. Cruzo a la acera de enfrente, hay un nuevo local. Una señora vestida de cheff me invita a pasar: Arriba hay sitio -me dice-. Imagino que debe hacer un calor de los demonios allá arriba, después de todo, el aire caliente sube y desplaza al aire frio tierra abajo... o algo así... -me reprocho por pensar tantas tonterías-. Decido quedarme abajo, total, hay bastantes sitios y prefiero ver quienes pasan por ahi. Quien sabe, quizás reconozca algún rostro familiar, quizás un alma gemela que venga por mi camino o quizás a otro comensal que, como yo, esté huyendo del
espíritu mercantilista de la tía.

El salón se ilumina de súbito, reconozco una roja cabellera pasando tras de mi y subiendo las escaleras. Saluda a la dueña con familiaridad, revisa la carta y ordena. El espejo me devuelve una sonrisa burlona, la búsqueda terminó.

23 febrero 2007

Flashback

Recuerdo el momento en que te conocí, llevabas puestas unas gafas menudas y un diáfano cerquillo vestía tu frente. Estabas ahí, parada en la puerta, con cara de niña curiosa y algo nerviosa, reconociendo el terreno, escrutando en tu mirada a todos los tios que trabajaban en ese lugar... hasta que me viste. Recuerdo que intentastes saludarme dándome la mano, yo me hice el loco y te di un beso en la mejilla. Ahora sé que debiste haberme odiado por un momento... no te gusta que te saluden de a beso y menos aún desconocidos; pero era inevitable, debía conocer a qué sabían los ángeles.